El mar está limpio
y el vaso brilla,
sus labios permanecen cerrados
y sus cuarenta
se celebran para ella misma,
no hay velas,
ni tarta,
ni compañía,
solo le sopla el viento
para relucir su dicha.
Las aristas del sol
alcanzan su boca,
y le riegan las pecas
como si fueran semillas
a la espera de más meses,
más días,
y más edades.
Carmela
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